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Hasta la profundidad de los barcos hundidos.



Me sumerjo hasta la profundidad
de los barcos hundidos,
donde las algas y los peces sin ojos
han creado su hábitat.
Allá el enmudecimiento y la ceguera
atraen al peso que no flota.
Me siento atrapada
por un abrazo de losa milenaria;
entonces reacciono y dejo de sentirme.
Me olvido de mi misma
y poco a poco, asciendo.
Una vez arriba me ondula la brisa
y soy ola de nuevo.
Beso la comisura de los labios de la vida.




Comentarios

Rochitas ha dicho que…
que gratificante resulta haber experimentado alguna vez ese fundirse en el todo. Mar, agua.
No haber estado en ellos sino haberlo sido.
Luisa Arellano ha dicho que…
Es precioso, Milagros, tienes una sensibilidad tremenda. Me da pena no poder estar disfrutando toda tu poesía, pero de momento me tendré que aguantar con leerte de vez en cuando y seguir esperando tiempos mejores. Un beso enorme.
Seroma ha dicho que…
"Beso la comisura de los labios de la vida".. un canto al renacer
Santiago Redondo Vega ha dicho que…
El pecio de un barco hundido es siempre un poema anclado a la memoria esperando a tomar cuerpo. El final ya se conoce, pero la historia sigue estando ahí, pendiente de escribirse en cualquier blog poético, algún lunes de otoño, bajo el silencio húmedo del tiempo.

Hermoso y melancólico, Milagros, pero obligado y lúcido.

Un abrazo.
RELTIH ha dicho que…
GUAUUUUUUUUUUUU MARAVILLOSOOOOOOOOO. EMERGÍ ISLA!!!
BESOS
Liliana G. ha dicho que…
Un resurgir maravilloso desde las profundidades abisales del alma, donde brotan los sentimientos, la poesía y la vida misma.

Muy bello, Milagros.

Un beso enorme.
María Socorro Luis ha dicho que…
Es precioso Milagros.

No sentirte, despojarte de ti, y volver a ser libre y ascender...
Remo ha dicho que…
Que profundo este poema, y nunca mejor dicho, me alegro que al final de todo emerjas radiante como las olas que rompen reflejando el Sol.
Un saludo y pásate por mi blog ^^

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De ves en cuandolas nubes descienden y sus estratos me atraviesan como puñales; pasan de largo, pero me dejan heridas de ausencias que enfrían la vida. Mi sangre se empantana con el escalofrío del sin deseo; mis ojos vuelven a ver espectros en la añoranza; la brújula se vuelve loca entre maletas incompletas y relojes demasiado impacientes. Me quedo en el andén de una estación apuntalada esperando sin espera. Me olvide tomarme las pastillas de la vida y ya no suenan campanas que me hacían brincar como chotilla moviendo la quietud de la hierba.